Category: literatura

Soledad

La soledad es una situación extraña, en ocasiones desesperadamente deseable y en otras tan perniciosa como un veneno. Sin embargo, tal vez esté tan minusvalorada en algunos casos como exaltada en otros. De qué modo esa soledad puede tanto alienarnos de la humanidad como hacérnosla encontrar en nuestro interior, depende de cada uno y su manera de atender a su alrededor, para luego saber escuchar el silencio.
Me llamó mucho la atención el énfasis que el autor[1] pone en el trabajo en comunidad, en que no es posible la creatividad en soledad. Me sorprendió tanto más en cuanto que, tal y como lo dijo, resultaba provocativamente evidente. Por que curiosamente mi idea era, o es, más bien al contrario. Por mi, he de reconocerlo, breve experiencia vital, los momentos en los que la mente se enciende son cuando, bien recogida en la oscuridad y la soledad, se retrae sobre su propia fuente de recursos interiores y comienza a generar de forma inevitable, de pura excedencia. En estas situaciones el silencio sólo puede ser roto, y a veces, por música muy concreta, no puesta bajito para relajar, sino alta por su propia cualidad inspiradora, aunque no negaré que haya podido caer a veces en la primera y horrible tentación.
Ya sea la producción literaria, en la que ese excedente es de sensibilidad copada de imágenes, como en la filosófica, en la que es necesario antes provocar esa sobrecarga de ideas a partir de las fuentes, esto es, lo que pensaron antes de nosotros, y la propia realidad, de la que lo más rico son con diferencia las personas. Pero necesariamente en soledad. Es más, muchas veces al tratar de escribir en equipo es más fácil acabar haciendo cada uno su parte que acometer la difícil tarea de coordinación que supone tratar de componer un trabajo cualquiera coralmente, donde es sencillo retrasarse mutuamente. 
Pero tal vez sea todo esto una confusión de conceptos. El autor de libro distingue entre soledad y espacio de aislamiento. Si le he entendido bien, la primera es aquella que llama estéril, el vacío de escribir de y para sí mismo. El segundo, el lugar, o más bien la situación, propicia para la concentración. En ese sentido, está en lo cierto, y ambos modos de pensar no son incompatibles. Podríamos identificar su segunda noción con la que yo he expuesto primeramente como soledad, con todas sus posibles variantes personales o interpretativas, y no con la distinta concepción que de ese término él da. Esto sería una solución rápida pero no completa. Por que realmente lo que considero soledad es un punto intermedio entre ambos. 
Es cierto que la labor creativa exige una no-soledad que le da la razón al autor del libro. Es necesaria una comunicación con el exterior de uno mismo, primeramente, para poder llenar el abastecimiento desde donde componer, y después, para que lo que se ha creado tenga un sentido. Por que escribir un libro que nunca ha de ser leído es como gastar la vida en dibujar miles de volutas en folios y folios, hasta la locura, cuando los blancos cabellos del calígrafo ya no le permitan volver atrás. La falta de referencia a la realidad y a los demás, el aislamiento, en ocasiones imperceptible por que tiene su origen en las mentes, es capaz hacer perder al hombre su nativa humanidad. 
Pero también he de defender una cierta soledad, que todos necesitamos a veces por sí misma, unos con más frecuencia que otros, para vaciar nuestro trastero intelectual y psicológico. Siendo cierto que la carrera filosófica, en la actualidad, es publicar, lógica consecuencia de la profesionalidad, también lo es que aquello no es requisito indispensable del pensamiento. Ya que esa comunicación de la que hemos hablado con anterioridad puede ser meramente teórica. Es factible haber leído y escuchado antes, y escribir para una posteridad en abstracto que no tiene ni siquiera por qué esperarse ver. Escribir para uno mismo es la más pura expresión de hacerlo, en realidad, por la propia escritura, sin ninguna clase de intencionalidad o presión externa. Que después ese texto, por su propia naturaleza, saldrá a la luz, es algo tan real e importante cuando lo haga como secundario en su proceso de redacción. En estos caos, la soledad real, que no el absoluto asilamiento social, que por otra parte, es imposible en el ser humano no alienado, es necesaria para la genuina originalidad del académico, que después de haber observado atentamente el mundo exterior debe explorar el interior, precisamente, para que lo que escriba sea universal a todos los espíritus. 
Naturalmente, todo esto depende de la naturaleza de lo que estemos escribiendo. Pero si en algo es rica la vida es en como cada uno se reinventa a sí mismo al componer, una y otra vez. La soledad puede ser, entonces, la más amable situación tanto para el filósofo como para el poeta.
[1] El libro es “El taller de la filosofía” de Jaime Nubiola. Ediciones Astrolabio. EUNSA.

La escritura adecuada

A lo largo de la lectura del libro “El taller de la escritura”, me he dado cuenta de que debo ir cambiando en parte mi modo de enfocar la producción literaria. Antes, puede decirse que sólo clasificaba dos modos de escribir que valieran la pena. Primero, el expositivo-científico, como por ejemplo, un trabajo de investigación en biología, sobre la naturaleza genética de los virus o la subestructura de las partículas atómicas, eximidos de retóricas literarias o un sentimiento profundo de propiedad, ya que su interés reside en la difusión de información.

En segundo lugar, el artístico o más bien personal, que incluye, no sólo lo puramente lírico, sino todo lo que podemos considerar producción creativa, dígase artículos, ensayos, etc., mientras no se introdujeran demasiado en el campo del primero. Una característica importante de este segundo grupo es que, al menos en mi caso, por considerarlo tan personal, casi inspirado o dictado por una especie de subconsciente que antes se ha empapado, si es necesario, de la información que proceda, tal a sido mi modo de redactar hasta el momento, gozaba de una cierta inmutabilidad esencial, aunque pudiera corregirse hasta cierto punto. Como un artista con su obra acabada, de la que nunca estará satisfecho, pero ante la que las críticas las siente, incluso aunque la evidencia le lleve al agradecimiento sincero, como si se las hicieran a un hijo de su propia sangre. Por que en el fondo es lo que es.
Aparte estaban las publicaciones periodísticas sin demasiado interés, como noticias de periódico o reportajes, en los que simplemente se expone una información con visos de publicidad.

Sin embargo, ahora me encuentro con que en la facultad de comunicación me dan un terrible palo al escribir esos textos que consideraba “menores”. Y no haría notar la situación si no fuera algo generalizado entre compañeros de bien conocida pluma en nuestra particular microsociedad. La significativa bajada de calificaciones resulta alarmante. Y la nota al margen, al menos en mi caso, puede siempre resumirse en lo mismo “no te entiendo”. Después de, al principio, acordarme intensa y reiteradamente de las entendederas de la persona que escribiera eso, decidí buscar la raíz del problema. La solución llegó de improviso. Sencillamente, viendo a una de mis abuelas leer el periódico. Esta buena mujer, guarda con celo casi religioso las copias de mis escritos, y se deleita escuchándome en muchos temas. Pero no entiende un ápice. En el fondo, creo que precisamente por eso le hace tanta ilusión. Y lee el periódico.

Es pues, sumamente lógico que se censure una obra que, sin estar técnicamente mal, no sirva al fin a que está destinada, en este caso, una divulgación masiva. Y es que de ninguna manera se pregunta la persona que corrige los escritos de comunicación, qué pretendemos hacer con nuestro futuro, sino que si estamos en su asignatura, es para aprender lo que ella considera correcto y adecuado a ese respecto, aunque sea un corte por lo bajo. Un problema fácilmente solucionable, una cuestión de adaptación, luego no es necesario preocuparse más.

Sin embargo, sí me inquieta profundamente un género que antes consideraba en cierto modo, y sin querer simplificar, “natural”. Y es precisamente la escritura filosófica. La tenía, creo que mal clasificada, dentro del segundo grupo que he expuesto. Pero la evidencia apunta por otros derroteros. Las recomendaciones para escribir que se han ido exponiendo a lo largo del curso, de corrección, de reescritura, finalmente cuadran más con mi idea de composición científica. Pero por otra parte, no deja de ser notorio el que la aplicación del método científico a la filosofía sea bastante reciente. Y en el fondo soy consciente de que, con mi mente, deliberada y deleitadamente formada en la biología, la química y la matemática (materias que he de reconocer que en la actualidad echo de menos), a la hora de profundizar en un tema, de clasificar y archivar mentalmente la información que al respecto, casi más que recopilo, colecciono, tiendo a caer en un cierto cientificismo o al menos acusado racionalismo. Tratando de escapar a esa tentación voy al extremo contrario, y me encuentro jugueteando con las sugerencias y las metáforas, con una especie de idea romántica de la dialéctica, tal como lo haría un gatito con un ovillo.

Quizá deba pasar por encima de mis eruditos ocho meses de formación universitaria y volver a lo básico. Recuperar esa frase, de tan cierta y por tanto manida, tan olvidada: “In medio virtus est”. Así, debo derribar primeramente todos mis esquemas, para poder atender la pregunta más interesante ahora, que se presenta con una urgencia imperativa. Ésta pregunta es: ¿Cuál es la identidad de creatividad y cientificidad, la naturaleza propia de la escritura filosófica? Un pequeño atisbo de la repuesta la ha dado ya el muy recurrente Aristóteles, pero el grueso queda todavía por resolver. Parece mentira que estudie filosofía… ¡Pero menos mal que no es ninguna otra cosa!