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Hace un otoño…

Adela caminaba con firmeza, sabía que dirección tomar. Se lo indicaba la carta de baraja que palpitaba en su mano. Sin prisa, eso sí, pues no quería dejar atrás a su querida Casiopea. Finalmente, se volvió y tomó a la cansada tortuguita en brazos.

Los edificios y sus habitantes fluctuaban a sus lados como sombras. Después de la luz serena de ese templo de la sabiduría donde su alma había descansado, el mundo aparecía borroso ante sus ojos.

Llegó por fin a una plaza redonda, gris. En su centro, una fuente redonda, gris. Con agua metálica, gris. Sentada en el borde, una delgada figura de negro y rojo.

Era un arlequín (se había pintado así por cierto libro de Jostein Gaardner.) Un arlequín triste. Un arlequín que había vivido acompañada en el templo de la sabiduría, el mismo del que venía Adela, pero se había marchado de allí al quedarse sola, dejando su corazón en el suelo. Casiopea lo había encontrado. Adela lo llevaba en la mano.

Ahora, acurrucada en la fuente, dejaba que negras lágrimas emborronaran su maquillaje blanco, antes de esconderse entre sus labios rojos. Antes gustaba de escuchar, y no se había dado cuenta de que por sus silencios nadie la echaría en falta. Que su destino sería desvivirse por quienes la olvidarían. Miraba un cómic que no había leído, y pasaba las páginas en su regazo, buscando y observando siempre un mismo personaje.

– ¿Eres The Jolly Joker? –preguntó Adela.

El arlequín levantó la cabeza, desconcertada. Arrancó la hoja que tenía delante y se puso de pie, mirándola a la cara.

– Soy Adela.

El arlequín hizo un gesto de sorpresa, y luego sonrió irónicamente. Porque por fin había comprendido, y sabía otros muchos nombres para ella.

Se hundieron la una en los ojos de la otra. Vieron todo el daño que se harían, y las vendas que se pondrían, vieron los abismos que explorarían al conversar, los secretos que se dirían, y los que tardarían sangre en sacarse. Vieron que ambas llevaban en el pecho las medallas de sus Amores, tan distintos y tan similares. Se vieron dibujar, bailar, escribir. Reír hablando un idioma extranjero ante un té.

Ambas habían renacido en el templo de la sabiduría, y ya no tenían miedo. Habían terminado de esperar, y ahora sólo les quedaba crecer juntas. Ya no volverían a estar solas, y sabrían al fin reunir a otros a su alrededor.

Adela le tendió al arlequín su carta. Ella la apretó juntó a su pecho dormido, pues había pensado que nunca la recuperaría. Después le alargó a Adela la página que había arrancado antes. Se acercó y le susurró al oído:

– Eterna…

Adela asintió. Ahora lo sabía.

Se dieron la mano, despertando los cascabeles del traje de la de ojos verdes. Casiopea, adormecida en el pecho de la de ojos marrones, levantó la cabeza buscando el sonido tintineante.

Se alejaron en silencio, un silencio cómodo y agradable que por fin no era necesario romper.

*By Isabel Grábalos Licensed Under a Creative Commons License.

ETA

Esta mañana salí para clase como siempre… es decir, tarde. Fui caminando. Llegué a mi edificio de destino, el Central de la Universidad de Navarra, por el parking, y escuchando tranquilamente Nightwish (¿o era System of a Down?), pasé por delante de un Peugeot blanco. Claro que no me di cuenta, porque iba a lo mío.

Como no iba a interrumpir la clase, me senté fuera, en el pasillo, y me puse a ver vídeos de ballet en YouTube con el portátil. Estaba eligiendo la música para un baile. En cuanto salieron, me trasladé tal cual a una mesa del aula.

A las once en punto vi que el profesor entraba en clase y pensé “vaya, tendré que quitarme los cascos”… pero por suerte no lo hice, y dirigí una última mirada de despedida a la bailarina de la pantalla, mientras una agradable melodía de “El Corsario” resbalaba por mis oídos. En ese preciso instante, la pantalla vibró cual si fuera líquida, y la música desapareció como por ensalmo. Las ventanas se abrieron de golpe, como si un dragón invisible hubiera penetrado furioso a través de ellas. Por una décima de segundo pensé “vendaval”, pero el sordo rugido que lo acompañó, y la llamarada (redonda, bullente) que subió junto a la ventana desmintieron esa peregrina idea. Tembló todo de tal manera que no sabría distinguir entre el ruido en mi cabeza o el terremoto en mi cuerpo. Sonido y movimiento, todo era lo mismo, un apocalipsis sordo, que se sentía más dentro que fuera. Vacío.

A estas horas de la noche todavía les pitan los oídos a mis compañeros. A mí no. Yo no oí lo que ellos oyeron. En mis oídos había música silenciosa.

Antes de que mi mente reaccionara, ya me temblaba todo el cuerpo. Tal vez nunca perdió la convulsión de la explosión. Tras un segundo de desconcierto e inmovilidad, como somos así de inconscientes, todos corrimos a la ventana. Gateé por la mesa sin darme cuenta de que estaba enchufada al ordenador por los cascos, que saltaron por sí solos, con tal de ver algo por encima de las cabezas de los demás. Pensé que había sido un accidente, que tal vez un coche había explotado o se habían chocado dos de ellos. Así de rodillas, estirando el cuello vi una humareda negra y llamas que subían, pero antes de que pudiera siquiera enfocar alguien gritó: “¡podría haber otra!”. Entonces caí en la cuenta, nebulosamente, de que podía ser algo realmente maligno y peligroso.

Inmediatamente salimos todos hacia la salida. Por el camino, pasé por delante de mi sitio e instintivamente bajé la tapa de mi portátil, a pesar de abandonarlo atrás, como para protegerlo de otro estremecimiento como el anterior. Ya en la puerta, vi como un compañero regresaba a por sus cosas, y pensé “¡una mierda!” y volví. Metí el portátil, los cables y el paraguas, el abrigo y la bufanda en la mochila de golpe. Me puse especialmente nerviosa tratando de desenchufar al cable de la pared. No cedía, y yo me quedaba en clase. Di un último tirón y salí escopeteada.

Una vez en el pasillo nos quedamos parados, sin saber muy bien qué hacer. Nos sentíamos más seguros, y la gente se iba calmando, así que me tomé la molestia de ponerme el abrigo y la bufanda y reordenar mi mochila. Entonces oímos ruidos en el baño contiguo a nuestra aula. Golpes repetitivos. Creí que las ventanas, también abiertas, estarían batiéndose.

Abrí la puerta, y barrió miles de cristalitos minúsculos. Las ventanas no estaban abiertas. Habían reventado, y la metralla de cristal había llegado al otro extremo. Los golpes continuaban. Eran en una de las cabinas, había una señora encerrada. Un compañero abrió la puerta a patadas, mientras otra le daba instrucciones a la mujer de apartarse. Cuando salió, estaba totalmente conmocionada, al borde de una crisis nerviosa. Le ayudamos a caminar un poco y luego se dirigió a su despacho.

También el profesor estaba bloqueado. Sin que fuera apenas audible, incluso sugirió que esperásemos un poco a ver si se podía reanudar la clase. Luego supe que a ese profesor tuvo que llevárselo la policía, porque estaba en estado de shock. En ese momento apareció otra profesora por las escaleras y nos gritó que corriéramos a la otra ala del edificio y lo evacuásemos. No nos hicimos de rogar. En unos minutos estábamos en el vestíbulo.

Fui saludando a las personas que conocía, como para hacerles ver que estaba bien, y que me alegraba de que también lo estuvieran. Una no me contestó… estaba sentada en un banco mirando al infinito, ausente. Distinguía a mis compañeros de clase al correr, pero entonces me di cuenta de que había una chica que no había visto en ningún momento. Le busqué por todos lados, pero finalmente desistí al ver la desbandada de gente que nos dispersaba. Una vez fuera, me giré ante la cara de horror de una compañera y vi por primera vez la enorme columna de humo negro. En ese preciso instante fui consciente por primera vez de lo que había ocurrido. Una bomba. Una bomba. ETA.


Me di cuenta de que tenía el móvil sin batería, así que mandé un mensaje a mi madre tranquilizándola, el cual nunca llegaría por barrido inhibidor de ondas de la policía. Nos hicieron correr al otro extremo del campus, y de ahí volví rápidamente a casa para tranquilizar a todos. Mi familia estaba angustiada, porque no sabían nada de mí. Conecté el móvil, y empecé a llamar a todas las personas que lo habrían encontrado apagado. Una amiga me cogió llorando, pensando que me había ocurrido algo. Llamaron otras muchas personas de primeras. Hice algunas perdidas. Me llamó un compañero de la cuadrilla diciendo que estaban juntos, y que sólo faltábamos dos por localizar. Una era yo. La otra, esa compañera a la que yo no había visto. Le tranquilicé, le dije que estaba en clase pero la había perdido. En ese momento me lo creí. Sabía que no había habido heridos en mi clase. Lo que no sabía era que ella no estaba en el aula.

Me quedé mirando las noticias como embobada y atendiendo y haciendo llamadas toda la mañana. Supe así que mi compañera estaba en la cafetería en el momento de la explosión y había salido directamente, sin recoger el móvil ni nada de la clase.

Quedamos toda la cuadrilla por la tarde para vernos. Yo había estado hablando con mi madre. Creo que fue entonces cuando fui, poco a poco, realmente consciente de lo que había ocurrido. De que habían detonado ochenta kilos de explosivos bajo mi ventana. La cual por suerte se había abierto en lugar de explotar. Que los muros de piedra de sillería de medio metro de grosor nos habían protegido. Que habían explotado los cristales blindados de edificios relativamente lejanos, y los cristales de muchas casas de fuera del campus. Que había una treintena de heridos leves, 17 de ellos temporalmente ingresados. Que había amigos y amigas mías, y otros conocidos, que habían escapado a la muerte por 100 metros de camino, por haber pasado antes, por evitar la lluvia y el frío, por haber decidido pasar por otro lado, por haber salido de su despacho (destrozado) al baño.

De que habíamos sido víctimas de un atentado brutal, y teníamos suerte de estar todos ahí reunidos. Me sentí feliz de tenerlos a mi lado. Y también comprendí, como si nunca antes le hubiera visto, que no podíamos amedrentarnos, aunque luego caminásemos por la calle hechos una piña, contra nuestra costumbre, como si nos persiguieran. Comprendí, que la universidad, las universidades, tenían que hacer frente común y seguir adelante. Porque nosotros somos el futuro.