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Vaguedad…

Todo pensamiento que pretende ser filosófico o lógico consiste en atribuir al mundo las propiedades del lenguaje.

Desde el instante en que leí esas palabras, una duda tan peligrosa como sencillamente irrefutable, apareció en mi mente. Si esa frase es cierta, entonces todo lo que conocemos o imaginamos del mundo adquiere un matiz de humanidad, de indemostrabilidad, imposible de superar. Que algo sea irrefutable, no significa que sea verdadero. Significa lisa y llanamente que no podemos demostrar su verdad o falsedad. Suponer que algo en nuestro lenguaje, pensamiento, o percepción nos impide llegar a la realidad de las cosas, implica que, para cuestionarlo, deban emplearse las mismas facultades que se ponen en tela de juicio. Entramos en un círculo vicioso. Es tan posible que la afirmación sea cierta como que sea falsa. Para continuar pensando es necesario hacer un supremo acto de fe, o poner entre paréntesis dicha posibilidad.

Cuál sería mi sorpresa cuando, al llegar al final del artículo, encontré en boca (o pluma) del propio Russell estas palabras:

Si usted quiere creer que no existe nada, excepto aquello que usted experimenta directamente, nadie puede probar que está equivocado, y probablemente no existe contra su opinión ningún argumento válido (…) ¿Hay alguna inferencia válida de una entidad experimental a una inferida? Sobre este problema no veo refutación de la posición escéptica.[1]

No es el primer autor al que leo que no tiene, o para el que no existe, una refutación al escepticismo. He oído también decir que todo filósofo debe pasar por una época de escepticismo.

Por otra parte, Russell critica el idealismo kantiano desde un realismo contundente (la vaguedad no implica falsedad, sólo que tampoco implica completa verdad), pero él mismo no escapa a su mayor tentación: el que nuestro conocimiento esté condicionado. Sería una ingenuidad, desde luego, creer que nuestro conocimiento es perfecto. Se debe entonces buscar una salida. El problema es esa escapatoria, definir cuál es ese condicionante, y hasta qué punto actúa.

El idealismo kantiano, el escepticismo, o la propia vaguedad de Russell son algunas de esas salidas. Quizá el más fácilmente criticado de todos ellos sea el idealismo, el único que cuente con contradicciones patentes, pero al mismo tiempo su semilla continúa viva sin que sea posible encontrar una alternativa. Por su parte, la vaguedad de Russell está llena de sentido común, podría perfectamente ser cierta (aunque eso no equivalga a admitir todas las conclusiones que Russell infiere de su tesis.) Y finalmente, del escepticismo ya he hablado. Pero si el escepticismo no puede demostrarse ni negarse, la vaguedad o cualquier otra doctrina alternativa está siempre en una precaria situación de mera posibilidad… de la que no es posible salir. Y nos encontramos con más doctrinas posiblemente ciertas que con teorías decididamente falsas.

No tan interesante como la teoría lógica de Russell, acertada, pero que sólo serviría de algo si fuéramos capaces de crear un lenguaje imposible, es aquello que la enmarca, el principio y fin de su propio ensayo. Esa discusión sobre el idealismo, el engaño del lenguaje… bajo la cual subyace siempre el monstruo del escepticismo. Y por todo ello, Russell finaliza el artículo sobre la vaguedad con estas palabras:

Pero la filosofía escéptica es tan breve que carece de interés; por lo tanto, es natural que una persona que ha aprendido a filosofar desarrolle otras alternativas, aun cuando no haya muy buenas razones para considerarlas como preferibles.

¿Por qué terminar un escrito sobre una cuestión lógica, de lenguaje, con un recurso contra el escepticismo, si no es cierto lo que antes he dicho? Y más importante aún, ¿Es ésa la respuesta, la única posibilidad? ¿Simplemente mirar a otro lado y dedicarnos a construir pensamiento sobre un supuesto sabiendo, nosotros los primeros, que hemos decidido arbitrariamente decir “el escepticismo no vale”, como los niños pequeños cuando pierden un juego? ¿No tiene interés? ¿Eso es todo?

No quiero caer en la manía moderna de buscar la evidencia en todo, pretender caminar siempre sobre seguro. No somos dioses como para estar seguros de que nuestro conocimiento es cierto y exacto. Pero sencillamente basar todo aquello que podamos percibir, imaginar o pensar en un acto de la voluntad, en un voto de confianza, me hace exclamar, con el desconsuelo de quien no encuentra otra respuesta, y la rebeldía de quien no se conforma con su propio destino: ¿Eso es todo?


[1] Russel, B., Vaguedad, originalmente publicado en The Australian Journal of Psycology and Philosophy, 1, 1923, p. 84. Traducción de Arias, E. Y Fornasari, L., en Bunge, M., Antología Semántica, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1960.

Hace un otoño…

Adela caminaba con firmeza, sabía que dirección tomar. Se lo indicaba la carta de baraja que palpitaba en su mano. Sin prisa, eso sí, pues no quería dejar atrás a su querida Casiopea. Finalmente, se volvió y tomó a la cansada tortuguita en brazos.

Los edificios y sus habitantes fluctuaban a sus lados como sombras. Después de la luz serena de ese templo de la sabiduría donde su alma había descansado, el mundo aparecía borroso ante sus ojos.

Llegó por fin a una plaza redonda, gris. En su centro, una fuente redonda, gris. Con agua metálica, gris. Sentada en el borde, una delgada figura de negro y rojo.

Era un arlequín (se había pintado así por cierto libro de Jostein Gaardner.) Un arlequín triste. Un arlequín que había vivido acompañada en el templo de la sabiduría, el mismo del que venía Adela, pero se había marchado de allí al quedarse sola, dejando su corazón en el suelo. Casiopea lo había encontrado. Adela lo llevaba en la mano.

Ahora, acurrucada en la fuente, dejaba que negras lágrimas emborronaran su maquillaje blanco, antes de esconderse entre sus labios rojos. Antes gustaba de escuchar, y no se había dado cuenta de que por sus silencios nadie la echaría en falta. Que su destino sería desvivirse por quienes la olvidarían. Miraba un cómic que no había leído, y pasaba las páginas en su regazo, buscando y observando siempre un mismo personaje.

– ¿Eres The Jolly Joker? –preguntó Adela.

El arlequín levantó la cabeza, desconcertada. Arrancó la hoja que tenía delante y se puso de pie, mirándola a la cara.

– Soy Adela.

El arlequín hizo un gesto de sorpresa, y luego sonrió irónicamente. Porque por fin había comprendido, y sabía otros muchos nombres para ella.

Se hundieron la una en los ojos de la otra. Vieron todo el daño que se harían, y las vendas que se pondrían, vieron los abismos que explorarían al conversar, los secretos que se dirían, y los que tardarían sangre en sacarse. Vieron que ambas llevaban en el pecho las medallas de sus Amores, tan distintos y tan similares. Se vieron dibujar, bailar, escribir. Reír hablando un idioma extranjero ante un té.

Ambas habían renacido en el templo de la sabiduría, y ya no tenían miedo. Habían terminado de esperar, y ahora sólo les quedaba crecer juntas. Ya no volverían a estar solas, y sabrían al fin reunir a otros a su alrededor.

Adela le tendió al arlequín su carta. Ella la apretó juntó a su pecho dormido, pues había pensado que nunca la recuperaría. Después le alargó a Adela la página que había arrancado antes. Se acercó y le susurró al oído:

– Eterna…

Adela asintió. Ahora lo sabía.

Se dieron la mano, despertando los cascabeles del traje de la de ojos verdes. Casiopea, adormecida en el pecho de la de ojos marrones, levantó la cabeza buscando el sonido tintineante.

Se alejaron en silencio, un silencio cómodo y agradable que por fin no era necesario romper.

*By Isabel Grábalos Licensed Under a Creative Commons License.