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Mr. Rorty y la Literatura

Estoy tan de acuerdo, a grandes rasgos, con la postura pragmatista, que hasta me da rabia. No sé si es una reminiscencia del deseo adolescente de destacar entre los demás y afianzar la propia personalidad con algo propio y nuevo, o más bien la herencia aparentemente inevitable de una modernidad en la que el único valor literario y filosófico está en la originalidad. En cualquier caso, siempre he pensado que lo segundo no era otra cosa que lo primero.
Con todo hay algo que me llama poderosamente la atención tal vez no más que una curiosidad lógica. El ensayo comienza con una cita del gran poeta y ensayista Pedro Salinas. He de reconocer que, aunque siempre he sido una admiradora de la generación del 27, Pedro Salinas ha sido un descubrimiento reciente para mí. Llegó a mis manos un ensayo escrito por él como lectura obligatoria. A pesar de estar impreso a máquina, el nombre del autor había sido añadido a mano y, con la prisa habitual de lo obligado, no me molesté en tratar de descifrar la letra del profesor. Tomé el texto con cierta pereza, esperando la dudosa calidad literaria de otros artículos y documentos, eso sí, indudablemente informativos, provistos por la asignatura. Pero a medida que iba leyendo, parecía formarse ante mis ojos un bellísimo entramado de comprensión, aun siendo un tema que fácilmente podría haberse prestado a una inhumana disertación académica. Volví entonces corriendo a mirar el nombre manuscrito, que hizo clara justicia a lo que había leído.

Y encuentro ahora de nuevo su voz, esta vez con acento filosófico, presidiendo un ensayo. Todo lo sabemos entre todos. Resulta llamativo que sea de un poeta la cita que toma un ensayo que pretende defender el pragmatismo pluralista, es decir realista y confiado de un conocimiento posible, aunque falible, cuando su principal oponente, Rorty, abanderado del pragmatismo relativista y el pensamiento débil aspira, ni más ni menos, que a integrar la filosofía en la conversación de la humanidad (sin conclusiones, sin verdades), transformándola en literatura o arte. Para él, verdad es lo defendible, racionalidad, respeto a otras opiniones, y la posibilidad de una verdad mejor que las otras opiniones, un dogmatismo cientista.

En apoyo a esta posición, Rorty pregunta: ¿En qué difiere el tener conocimiento del hacer poemas o del contar historias? Y no parece haber respuesta a esta pregunta tan cuidadosamente planteada. Se acaba de colocar a un poeta como modelo de pensamiento. Señores filósofos, les ha pillado.

Muy bien, la filosofía es literatura, se le concede.

Sin embargo, ¿es eso un argumento a favor de su pensamiento débil, de su escepticismo? ¿La literatura es sólo un frívola y cortés conversación sin valor a través de los tiempos? ¿O acaso la filosofía debe desaprovechar las herramientas de la retórica para hacer comprensible su mensaje, so pena de ser despreciada como ciencia?

No es de extrañar que, ante esta visión de las disciplinas, sea tan habitual la afirmación despectiva de que la filosofía es pura literatura (o poesía, o metafísica). Pero realmente, a quien hace de menos este punto de vista no es a la filosofía, sino a la literatura. Se considera que se trata de una efusión de virtuosismo con las palabras, de emoción lírica, sin más contenido que la historia que sirva de excusa a ese despliegue de lenguaje. No se plantea la posibilidad de que la literatura pueda utilizar esa perfección estética para transmitir con mayor precisión (que no siempre está más presente en la puntualización que en la evocación), para transmitir un mensaje verdadero. O al menos, con pretensión de acercarse algo más a la verdad que nunca habremos de conquistar con soberanía absoluta. ¿Es que puede considerar que conoce todo lo que se puede saber sobre el ser humano el mejor psicólogo, si no ha leído las obras maestras de Dostoiewsky, Dickens o Jane Austin? Tal vez no sea un requisito indispensable, pero es abundante la literatura que en sus contenidos muestra más genio filosófico que muchos de tantos ensayos académicos con aires de grandeza.

No pretendo tener, si es que existe, una respuesta al problema del escepticismo. Únicamente se puede, si se considera válido, dar una razón de estadística. Sólo se puede lograr lo que se intenta. Si se busca realmente la verdad, aún sabiendo que es posible el fallo y buscando la corrección, existe la posibilidad de mejora global en la multiplicidad de conciencias. En ese sentido se puede hablar de conversación de la humanidad. Pero si esa conversación únicamente se dedica a exponer su habilidad de persuasión, como quien discute de fútbol o complementos ante una taza de café, entonces su empeño es vano. Y si bien nunca se puede asegurar la verdad de un conocimiento, siempre es posible, con seguridad efectiva y lógica –lo imperfecto es perfeccionable–, la mejora y perfeccionamiento, no ya sólo del conocimiento, sino de cada ser humano. Y en ese ámbito, la capacidad de enriquecer al lector la pueden tener por igual la filosofía y la literatura que así se lo proponga.

Sí, Mr. Rorty, tenía usted razón.

Tratado de un genio

El Tractatus de Wittgenstein supone para quien lo lee una especie de catarsis. Tal vez sea la combinación con su carismática personalidad, o su paradigmática biografía, lo que hace que la lectura de su obra me resulte tan emocionante. Tal vez simplemente me siento identificada con su personalidad. Me pregunto si, de haber podido conocer mejor las biografías de otros genios de la antigüedad, sentiríamos lo mismo ante sus libros.
Lo curioso es que ni siquiera estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que dice (con otras sí). Seguramente me encuentre más cerca de la filosofía del segundo Wittgenstein. Con todo, el planteamiento de ideas, el modo de pensar, de concebir la filosofía del primero, no puede ser pasado por alto.
A pesar de sus errores –de los que él mismo se dio cuenta más adelante en su vida- ese libro tiene la propiedad de hacer pensar, de abrir nuevos horizontes, no tanto en el contenido como en la forma. O tal vez, de nuevo, esté mezclando vida y obra –si es que eso supone un problema-. El conocimiento de su versatilidad: filósofo, músico, arquitecto e ingeniero, y de su coherencia entre vida y filosofía, me llena de un enorme optimismo a pesar de que muchos hayan tachado, con o sin razón, su existencia de trágica.
Creo que se pueden hacer grandes cosas. La excusa de “es que él era un genio”, me parece pobre. Hay una enorme potencialidad a mi alrededor, muchas veces opacada por timidez, por un “es que esta asignatura no me gusta tanto”, o por un “no soy tan inteligente como creéis”. Cuando en realidad, llegando al límite de sus posibilidades, buscando su propia perfección podrían, podríamos, ser los genios de nuestra vida.
Wittgenstein, su Tractatus, su vida, tienen la virtud de hacer creíble esta afirmación. A veces, buscando la perfección académica, las altas calificaciones, la idea genial, nos olvidamos de explotar lo que ya tenemos. Nadie duda de los muchos errores de Wittgenstein –aunque sólo sea porque a distintas edades dice cosas diferentes-, como tampoco nadie duda de su genialidad.
Y seguramente, lo más fascinante de este hombre no está en lo que quiso escribir, ni lo que no escribió, sino en lo que no se dio cuenta de que sí escribió. Me explico: en el Tractatus afirma que de lo que no se puede hablar hay que callar, y que las proposiciones metafísicas se encuentran en ese ámbito, de hecho, ni siquiera son proposiciones. Y sin embargo, él mismo elabora una cierta cantidad de aforismos de gran calado metafísico. Se protege diciendo que quien los comprenda verá que son absurdos, que no dicen, sino que muestran una realidad a la que accedemos ya sin ellas.
Genial, absurdo.
Después afirma dramáticamente que se había equivocado en todo[1]. De lo que no se dio cuenta –o al menos no lo escribió- fue de que, en realidad, la diferencia entre sus concepciones filosóficas no era tan grande ni tan traumática. Porque él, en el Tractatus, había empleado las posibilidades del lenguaje natural en la práctica, tal y como lo vio después en la teoría. La posibilidad de descubrir algo más allá de lo que expresa la propia proposición. Porque es cierto, no todo se puede describir con la claridad de las ciencias naturales. Hay cosas que hay que mostrar. Por eso, un sentimiento se comprende mejor en una buena poesía que en una clase de psicología. Se siente, aunque la poesía en cuestión hable de cualquier cosa menos de dicho sentimiento. Lo que Wittgenstein tardó mucho más en ver es que ese método también podía ser adecuado para la filosofía. Tardó, debo decir, en verlo en la teoría, porque en la práctica siempre lo supo. Pues era filósofo y artista, y ambas potencialidades confluían en un sólo hombre, a pesar de que quisiera autoimponerse un rigor lógico imposible.
De hecho, incluso su cuadriculada manera de escribir, propia de un ingeniero, revela una sensibilidad y una calidad estética sobresaliente. No sólo el hecho de que la primera frase sea un perfecto pareado rítmico en alemán –Die Welt ist alles, was der Fall ist[2]–. Sino la armoniosa ilación entre cada uno de sus aforismos, como un extraño poema que expresa exactamente lo que debe ser dicho para representar cada uno de esos pensamientos como es, sin innecesarias explicaciones que lo desvirtúen.
Curiosamente, sobre ello afirma: “En este punto soy consciente de haber quedado muy por debajo de lo posible”. Supongo que, si no fuera una perfeccionista incorregible, en este momento hubiera dicho –qué osadía– que se equivoca de nuevo. Y de hecho es así, aunque cualquier verdadero autor será incapaz de verlo en su propia obra. Por todo esto, yo más bien hubiera terminado el prólogo del Tractatus así:
La forma estética de los pensamientos aquí comunicados me parece, en cambio, intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de haber replanteado definitivamente, en lo esencial, los problemas. Y, si no me equivoco en ello, el valor de este trabajo se cifra, en segundo lugar, en haber mostrado cuanto se puede hacer aún por resolver estos problemas.[3]
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[1] Cfr.Dennett, D., Ludwig Wittgenstein, Time, March 29, 1999, p. 24.
[2] “El mundo es todo lo que es el caso” de Wittgenstein, L., Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Editorial, 1987, p. 15.
[3] Cfr.: “La verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece, en cambio, intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas. Y, si no me equivoco en ello, el valor de este trabajo se cifra, en segundo lugar, en haber mostrado cuán poco se ha hecho con haber resuelto estos problemas” de Wittgenstein, L., Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Editorial, 1987, p. 13.