Puede decirse que preguntarse por la contemplación de la belleza es lo mismo que preguntarse por la diferencia entre la visión común y la visión estética. ¡Pero ya de por sí esta afirmación está cargada de sentido! Implica, ni más ni menos, que la visión de las cosas bellas, la visión física, terrenal (o escucha, u otras acciones de los sentidos) es de por sí una experiencia estética, esto es, contemplación de la belleza. ¿Es posible que la belleza sea percibible en lo material, lo humildemente físico? Parece obvio para todo aquél que se haya planteado la pregunta ante la visión de un cuadro o el aroma de una rosa, pero, si nos paramos a pensarlo, la inmensa trascendencia que es necesaria para pasar de la rosa lo los colores a algo como la belleza (ni siquiera “Belleza”) debería bastar para que nos preguntásemos ¿cómo es siquiera posible? Se vuelve necesario entonces saber si esa primera afirmación es cierta. Y tal vez sólo haya un modo de averiguar si la pregunta está bien planteada, y es intentar responderla.
Y del mismo modo la belleza es, de entre todos los objetos de la voluntad, aquél que tiene la inestimable gracia de ser percibido sensiblemente, el único bien que podemos decir que además de un fin que mueva es “algo” verdadero, y en esa verdad, en el hecho de que exista físicamente aquello que para la voluntad era un fin cercano a un acto de fe, se encuentra ese modo único de calmar el deseo. La concreción ontológica (física como una rosa, o espiritual como el alma de un amigo) del ansia de la voluntad.
Para Tomás de Aquino, en cambio, la voluntad se aquieta por completo en la belleza no busca más, ni genera nada. No necesita dejar atrás el mundo ni el objeto contemplado para, profundizando en él, llegar incluso a la contemplación divina. Este modo de contemplar parece más acorde con todo lo anteriormente expuesto, y muchos podrán corroborarlo con la propia experiencia. Sin embargo, ningún artista, por ejemplo, podrá dejar de gritar que la visión platónica también es cierta, que la contemplación de la belleza engendra en su interior una inspiración que brama por salir y dar a luz un infante de belleza nueva y propia. Nadie, tampoco, podrá negar que la contemplación de la belleza, más que ninguna otra verdad, nos muestra nuestra mortalidad frente a la perennidad de la imagen contemplada, incluso aunque la rosa que la provoca se marchitara.





